El Partido Republicano, la colectividad del presidente Kast, volvió a sorprendernos. Esta vez no fue la frase suelta de un diputado de segunda línea. Fue su propio presidente, el senador Arturo Squella, quien planteó abiertamente lo que hasta hace poco parecía impensable: privatizar Codelco, o al menos una parte de ella, para “traer oxígeno privado” a la empresa.
El Gobierno salió a desmentirlo a las pocas horas, pero dejó la puerta entreabierta para vender “bienes prescindibles” y sumar socios privados a la operación. En los hechos, ambas posturas terminan en el mismo lugar: menos Codelco en manos de todos los chilenos.
No es la primera vez que este sector confunde sus pasiones ideológicas con el bienestar del país, y probablemente no será la última. Pero esta vez el momento no podría ser peor, porque el contexto ya no es solo chileno. Es global.
El siglo que estamos viviendo tiene nombre propio en la industria de los minerales: cobre y litio. La electrificación del transporte, el despliegue de energías renovables y la infraestructura de inteligencia artificial, donde los centros de datos consumen cantidades industriales de cobre para cableado y refrigeración, están disparando una demanda que no se va a detener en una década.
Ese apetito no solo se refleja en el precio del cobre, que este mes tocó un máximo histórico sobre 6,6 dólares la libra. Se refleja también en gestos políticos concretos: en marzo de este año, Chile y Estados Unidos firmaron una declaración conjunta para establecer consultas permanentes sobre minerales críticos y tierras raras, reconociendo que el suministro de estos recursos es, literalmente, un asunto de seguridad nacional para Washington.
Cuando la principal potencia del mundo empieza a mapear con ese nivel de detalle quién controla qué mineral y dónde, no es casualidad ni cortesía diplomática. Es una carrera por asegurar cadenas de suministro en un mundo que retrocede rápida hacia el proteccionismo. Y en esa carrera, Chile tiene algo que casi ningún otro país puede ofrecer: ser, al mismo tiempo, el mayor productor mundial de cobre y, gracias a la sociedad que Codelco selló con SQM en NovaAndino Litio, el actor con control estatal mayoritario sobre el Salar de Atacama, uno de los yacimientos de litio más grandes del planeta, hasta 2060.
Esa doble posición no es un dato anecdótico. Es una ventaja estratégica que ningún gobierno debería estar dispuesto a regalar por apuro fiscal o por convicción ideológica. Mientras el mundo se pone cada vez más proteccionista con sus recursos críticos, tener a Codelco en manos del Estado le da a Chile un asiento en la mesa donde se negocia el futuro energético y tecnológico global. Vender una parte de esa empresa a privados, justo en un momento de máxima tensión geopolítica por estos minerales, es debilitar exactamente la carta que más fuerza le da al país frente a potencias dispuestas a pagar lo que sea, y a condicionar lo que sea, por asegurar su acceso al cobre y al litio chilenos.
La propuesta de Squella tampoco nace de un diagnóstico serio sobre el futuro minero de Chile. Nace de la necesidad de tapar el agujero fiscal que la propia megarreforma tributaria del Gobierno ayudó a cavar, al entregar invariabilidad tributaria por veinte años a las grandes inversiones. Primero se le quitan herramientas al Estado para recaudar, y después se propone vender activos estratégicos para financiar lo que esa misma decisión dejó sin financiamiento. Es una ideología que se muerde la cola.
Nada de esto significa que Codelco esté funcionando como debiera. Sin duda hay una discusión pendiente y necesaria sobre cómo mejorar su productividad y modernizar su gestión, sin regalar ni un gramo de propiedad estatal en el camino. Esa es la conversación que Chile debería estar teniendo: no cómo vendemos Codelco, sino cómo la fortalecemos para que, desde el control público, el Estado de Chile amplíe su influencia en la industria minera de la región y se convierta en protagonista del desarrollo minero de todo el Cono Sur. Esa es la ambición que este momento histórico exige. Vender la empresa que nos da esa ventaja es, sencillamente, mirar al pasado.
Vicepresidente Partido Socialista




